sábado, 21 de junio de 2025

Nuestra Señora del Buen Consejo y la vocación de San Luis Gonzaga.

 

La Virgen del Buen Consejo 

y San Luis Gonzaga en Madrid

Hoy, 21 de junio, hacemos memoria de San Luis Gonzaga, patrón de la juventud. ¿Sabías que durante su estancia en Madrid tuvo una experiencia que cambió su vida tomando la decisión de consagrarse a Cristo? La tradición afirma que fue la Santísima Virgen María quien, desde la capilla de Nuestra Señora del Buen Consejo, hoy incluida dentro de la Real Colegiata de San Isidro, le confirmó en su vocación.

Luis Gonzaga nació el 9 de marzo de 1568 en Castiglione delle Stiviere. Como primogénito de Ferrante Gonzaga (marqués al servicio de Felipe II) y de Marta Tana de Santena (dama de la reina Isabel de Valois), fue heredero de un linaje distinguido. 

En 1581, la familia se trasladó a Madrid, donde Luis y su hermano Rodolfo sirvieron como pajes del príncipe don Diego, hijo de Felipe II. En la corte madrileña recibió formación tanto en etiqueta nobiliaria como en espiritualidad. Su guía fue el afamado Libro de la oración y meditación de Fray Luis de Granada, y se enriqueció intelectualmente con las enseñanzas científicas del doctor Dimas de Miguel.

Se dice que una mañana de agosto de 1583, próxima a la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Luis visitó el Colegio Imperial de los jesuitas. Tras asistir a Misa y comulgar, se detuvo ante la imagen de la Virgen del Buen Consejo. Allí, durante la oración profunda, sintió con claridad y paz un mensaje transformador, una voz le decía: “Entra en la Compañía de mi Hijo.” Este momento marcó el hito de su renuncia a la vida cortesana y la elección de una senda espiritual comprometida.

Superando la resistencia familiar, ingresó en la Compañía de Jesús en 1585. Se entregó con humildad a tareas domésticas y dedicó sus fuerzas al servicio con los enfermos durante la peste de 1590. Su cercanía a los más necesitados le costaría la vida. En sus últimos días, debilitado pero sereno, permaneció en silencio, abrazado al crucifijo, hasta su tránsito el 21 de junio de 1591.

La imagen de la Santísima Virgen del Buen Consejo es venerada todavía hoy en la capilla del Sagrario de la Real Colegiata de San Isidro (calle Toledo de Madrid). Remonta sus orígenes a la segunda mitad del siglo XVI, aunque la talla que recibe culto hoy no es la que vieron los ojos de San Luis, pues aquella fue destruida en la Guerra Civil. La actual es réplica de la antigua, obra del escultor Félix Granda, mide casi un metro y representa a la Virgen sosteniendo con delicadeza al Niño con su mano derecha.

La intersección entre la Virgen del Buen Consejo y la figura de san Luis Gonzaga constituye un ejemplo magnífico de vocación y de alianza entre lo divino y lo humano. En la capilla madrileña, la intervención maternal de María iluminó el camino de un joven noble, quien, guiado por una llamada celestial, renunció a todo para consagrar su vida al Señor. Hoy, su memoria y la imagen de la Virgen inspiran a quienes buscan consejo y consuelo junto al consejo celestial.

miércoles, 18 de junio de 2025

Nuestra Señora de la Esperanza de San Cipriano - Toledo - Procesión 2025.

 

NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA
"LA MORENITA DE SAN CIPRIANO"
PROCESIÓN DE LA OCTAVA - 17/06/2025
Ayer, una vez más, en el corazón de la imperial Toledo, viví una de esas experiencias que se graban en el alma. Fue durante la procesión de Nuestra Señora de la Esperanza, venerada en la iglesia de San Cipriano —o de San Cebrián, como rezan las antiguas crónicas—, donde la historia, la fe y la emoción se fundieron en un atardecer toledano difícil de describir con palabras.
La jornada se anunciaba incierta: el cielo, caprichoso, dejó caer algunas gotas poco antes de la salida, como si quisiese bendecir discretamente lo que estaba por acontecer. Hacia las ocho de la tarde las puertas del templo se abrieron con solemnidad y Nuestra Señora cruzaba el umbral en su trono de plata, mecida con delicadeza por los hombros de sus cofrades. Era un instante suspendido entre el recogimiento y los vítores.
La imagen que procesionaba era la venerada talla románica del siglo XI, una joya de apenas cincuenta centímetros que representa a la Virgen entronizada con el Niño en su regazo, expresión serena de una ternura milenaria. A pesar de su pequeño tamaño, su presencia llenaba las estrechas calles toledanas con una fuerza silenciosa, casi sobrehumana. Ayer, vestía un manto verde, precioso, que parecía simbolizar no solo su advocación, sino también la promesa siempre viva de la esperanza que no defrauda.
A lo largo del recorrido, la Virgen fue acogida con respeto y fervor por los vecinos y visitantes que se agolpaban en las bocacalles, muchos con lágrimas contenidas, otros queriendo inmortalizar el paso de la Virgen con sus cámaras. Uno de los momentos más emotivos fue su parada ante el convento de Santa Isabel. Introducida la imagen levemente en el interior de los jardines, en un ambiente recogido y místico, las religiosas elevaron sus voces en una canción dedicada a María. Fue un canto dulce, casi susurrado, que pareció acariciar el alma de todos los presentes y llevar, entre notas, las súplicas del pueblo hasta el corazón mismo de la Madre.
La procesión continuó luego su discurrir pausado por las inmediaciones de la iglesia de Santo Tomé, cuya silueta, recortada contra el cielo ya anaranjado, servía de telón de fondo perfecto a aquel desfile de fe. La imagen, llevada con mimo y solemnidad, se deslizaba como una plegaria viva entre muros centenarios, como si Toledo misma reconociese en ella a una Reina silenciosa que regresa a sus calles cada año para recordar que la Esperanza nunca pasa.
Al llegar de nuevo a su templo, cuando la tarde comenzaba a rendirse suavemente a la noche, se vivió el instante de mayor emoción. Antes de entrar, la banda interpretó con fuerza y delicadeza la marcha Encarnación Coronada, y el aire se volvió denso de sentimiento. Aquellos compases finales, unidos al rostro sereno de la Virgen y al leve vaivén de las andas, elevaron el fervor a su punto más alto. Era como si cada nota fuese una lágrima, una súplica, un gracias.
La ceremonia concluyó con las tradicionales quinolas —un gesto sencillo pero lleno de devoción popular— y, como manda la costumbre, se ofrecieron la tradicional rosca y limonada a los asistentes. Fue un gesto fraterno, humilde, que cerró con alegría comunitaria lo que había comenzado como un acto de contemplación y recogimiento.
Conviene recordar que esta pequeña y antiquísima imagen, que tanta emoción suscita hoy, fue coronada canónicamente el 8 de junio de 1952 en la emblemática plaza de Zocodover. Aquel acto solemne y multitudinario no fue sino el reconocimiento público de una devoción que venía latiendo en el corazón de los toledanos desde hacía siglos.
Así viví la tarde de ayer: con el alma encendida por una devoción antigua y siempre nueva, sorprendido una vez más por el milagro cotidiano de la fe popular. La Esperanza no es un concepto abstracto, sino una presencia concreta que camina cada año por las calles estrechas de Toledo, llevada a hombros por quienes la aman y sostenida por generaciones enteras que han sabido reconocer en esa pequeña talla románica el rostro de la Madre que nunca abandona.
























lunes, 16 de junio de 2025

Nuestra Señora de la Estrella - Procesión 2025

 

NUESTRA SEÑORA DE LA ESTRELLA

REINA DEL ARRABAL DE TOLEDO

FIESTA - 15/06/2025

 

Ayer, 15 de junio de 2025, domingo de la Santísima Trinidad, tuve el privilegio de vivir en Toledo un acontecimiento profundamente conmovedor: la procesión anual de Nuestra Señora de la Estrella. Esta venerada imagen, aclamada como Reina del Arrabal, recorrió las calles alfombradas de tomillo entre el fervor del pueblo y la solemnidad que aporta el propio discurrir por las calles de la Ciudad Imperial. Fue un acto de belleza serena y devoción encendida, donde Toledo pareció detenerse ante la presencia de la Madre de Dios. Cada instante estuvo impregnado de respeto, fe y un amor palpable a María Santísima. Toledo, una vez más, honró a su Reina con alma, arte y oración.

Todavía resuenan en mi alma los ecos de aquella tarde, marcada por la emoción, la solemnidad y la hondura espiritual que envolvía cada instante del recorrido. A pesar del intenso calor que apretaba sobre la ciudad, nada fue obstáculo para que Toledo ofreciera a la Virgen un tributo lleno de respeto, belleza y devoción.

Desde las 19:00 horas, cuando las puertas de su ermita se abrieron para dar comienzo a la salida procesional, todo respiraba un aire de exquisita preparación y cuidado. Fue evidente el mimo con que se cuida cada detalle, el esmero con que se protege y se honra el patrimonio devocional y artístico de esta venerada talla, el respeto con el que se mantiene la iconografía tradicional de la imagen. Los anderos y anderas llevaban a la Virgen con una dulzura conmovedora, como quien sostiene lo más sagrado; su andar era firme pero delicado, pausado pero lleno de intención, como si cada paso fuese una oración.

El cuerpo de acólitos, revestido con pulcritud, acompañaba con recogimiento y reverencia, conscientes de la dignidad de su servicio. La banda de música, con un repertorio escogido con gusto y profundidad, supo crear en todo momento una atmósfera sonora que acompañaba, sin distraer, que elevaba el alma y predisponía al recogimiento. No era solo una procesión: era un encuentro con la Virgen, un momento de gracia que parecía transfigurar las piedras centenarias de la Ciudad Imperial.


La llegada a Zocodover resultó especialmente lucida. Aquel cruce de caminos, tan toledano, se convirtió en un altar abierto donde la Virgen fue recibida entre vítores, plegarias y un mar de emociones. Pero fue en las calles estrechas, cercanas a la parroquia de San Nicolás, donde todo adquirió un tinte más íntimo, más sobrecogedor. El discurrir por aquellos rincones fue profundamente emocionante, con ese contraste tan toledano entre lo monumental y lo recoleto, entre lo grandioso y lo entrañable.


La Virgen de la Estrella coronada se presentaba bellísima, radiante. El ajuar, de una finura exquisita, resplandecía al sol poniente; el Niño Jesús, igualmente hermoso, compartía ese aire majestuoso y tierno a la vez. La ornamentación floral, de gran gusto, ponía el broche perfecto a un conjunto cuidado hasta el más mínimo detalle. No era sólo estética: era una manifestación del amor con que Toledo venera a su Madre.

Lo vivido ayer me dejó hondamente impresionado. Fue uno de esos momentos que marcan la memoria, que no se olvidan, porque tocan el alma. La Virgen no parecía simplemente pasar por las calles: caminaba realmente con nosotros. Así lo sentí. Así lo viví. Volveré, sin duda. Porque aquella presencia de Nuestra Señora de la Estrella en las calles de Toledo me ha dejado el corazón lleno de María Santísima.


HIMNO A NUESTRA SEÑORA DE LA ESTRELLA

Letra: D. Juan Ignacio López Serrano.

Música: D. Luis Miguel Sánchez Vicente.


En los cielos de Toledo

hay una Estrella escogida

que tiene trono en Bisagra

y en el Arrabal Capilla.

 

Todos los siglos te cantan

de Tavera hasta Bisagra,

tus hijos, cantos elevan

y Santiago en sus campanas

por ti proclaman y rezan:

¡Salve Señora y Estrella!

 

En los cielos de Toledo

hay una Estrella escogida

que tiene trono en Bisagra

y en el Arrabal Capilla.

 

Nuestro corazón implora

que cuando llegue la hora

de abandonar esta tierra

suene siempre nuestra loa

agarrados a tu reja:

¡Salve Señora y Estrella!

 

En los cielos de Toledo

hay una Estrella escogida

que tiene trono en Bisagra

y en el Arrabal Capilla.

 

¡Salve Señora y Estrella!

¡Salve Señora y Estrella!

 

miércoles, 11 de junio de 2025

Nuestra Señora de la Capilla, Patrona de Jaén.

 


A lo largo de la historia de la cristiandad, las apariciones de la Virgen María han constituido un acontecimiento de profunda trascendencia espiritual y social. Estos prodigios, interpretados como muestras del amor materno de la Madre de Dios hacia sus hijos, han marcado la vida de pueblos y naciones, inspirando la fe, fomentando la conversión y consolidando identidades religiosas.

En el caso de la ciudad de Jaén, la devoción a Nuestra Señora de la Capilla se fundamenta en un acontecimiento que ha perdurado con fuerza a lo largo de los siglos y que no puede reducirse al terreno de la leyenda, pues se trata de una piadosa tradición firmemente sostenida por testimonios escritos, documentación histórica y relatos de testigos oculares.

“Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima descendió a la ciudad de Jaén para socorrer a nuestros mayores”. Así recuerda el pueblo fiel, aún en el día de hoy, aquel hecho portentoso del sagrado descenso de la Madre de Dios a la ciudad de Jaén.

La noche del 10 al 11 de junio del año 1430, según recogen fuentes fidedignas cuyos originales todavía se conservan, la Virgen María descendió del cielo acompañada de un cortejo de ángeles. Este cortejo celestial fue visto por numerosos vecinos de la ciudad que dieron fe de lo sucedido. La Virgen recorrió las calles desde la Santa Iglesia Catedral hasta la iglesia del arrabal de San Ildefonso, en una procesión sobrenatural que dejó profundamente conmovidos a cuantos la contemplaron. Aquella aparición fue interpretada por el pueblo como un signo de consuelo y protección en un tiempo de grandes sufrimientos, marcados por amenazas bélicas y calamidades.


En la muy famosa, muy noble, y muy leal Ciudad de Jaén, guarda y defendimiento de los Reynos de España. Sábado en la noche a diez días del mes de junio de 1430 años, siendo Obispo de esta Ciudad y Capitán de Este Reino Don Gonzalo de Astuñiga (que hoy decimos Zúñiga) ante su provisor y vicario general Juan Rodríguez, Bachiller en derechos, se probó haber pasado, real y verdaderamente lo que se refería: Que a la hora de medianoche el sábado dicho iba una gran procesión de gente muy lucida y con muchas luces, y en ella siete personas que parecían hombres, que llevaban siete cruces; iban uno detrás de otro, y que las cruces parecían a las de las parroquias de ésta Ciudad, y los hombres que las llevaban iban vestidos de blanco o con albas largas hasta los pies. Iban más otras treinta personas también con vestidos Blancos, en dos hilos, acompañando las Cruces. En lo último desta procesión iba una Señora más alta que las otras personas, vestida de ropas blancas con una falda de más de dos varas y media; y iba distinta de los demás la última, y no iba cerca della otra persona, de cuyo rostro salía gran resplandor, que alumbraba más que el Sol, porque con él se veían todas las cosas alrededor, y contorno, y las tejas de los tejados como si fuera amedio día el Sol muy claro, y era tanto lo que resplandecía, que le quitaba la vista de los ojos, como el sol cuando le miran en hito. Esta Señora llevaba en sus brazos un niño pequeño también vestido de blanco, y el niño iba sobre el brazo derecho. Detrás desta Señora venían hasta trescientas personas, hombres y mujeres, éstas cerca de la falda de la Señora, y ellos algo mas atrás. Estos hombres y mujeres no hacían procesión sino de montón; iban las mujeres delante y los hombres atrás, y todos vestidos de blanco, y sonaban como que iban armados. La cual procesión iba hacia la capilla de San Ildefonso, y habían salido de la Santa Iglesia mayor. Esto afirmaron con juramento Pedro, hijo de Juan Sánchez; Juan, hijo de Vzenda Gómez; Juana Hernández, mujer de Aparicio Martínez; y otros testigos, cuyos dichos y deposiciones están en el archivo desta Iglesia, y capilla.

 

Bartolomé Ximenez Patón, Secretario del Santo Oficio,

en el capitulo decimotercero de su obra «Historia de la Antigua y Continuada Nobleza de la Ciudad de Jaén», publicada en 1628.

 

Esta aparición, envuelta en misterio y recogida con fervor por el pueblo jiennense, no solo consolidó la devoción mariana en la ciudad, sino que dio origen a una tradición que, casi seis siglos después, sigue viva con inusitado arraigo.

La importancia de este suceso trasciende el ámbito de la religiosidad popular para convertirse en símbolo de protección y guía espiritual. En un contexto histórico marcado por la inestabilidad y el temor —en particular por el acoso de las tropas musulmanas y las pestes que asolaban la región—, la irrupción milagrosa de la Virgen María fue entendida como una respuesta divina a las súplicas del pueblo.

Desde aquel momento extraordinario, el lugar donde concluyó la procesión celestial —junto a la iglesia del arrabal de San Ildefonso— fue considerado sagrado por el pueblo. Allí se erigió una capilla anexa al templo, en memoria del punto final de aquel cortejo milagroso que, según los testigos, había recorrido las calles de Jaén con majestuosa solemnidad. Esta capilla se convirtió muy pronto en centro de peregrinación y oración, y fue el germen de una devoción creciente y fervorosa. Así nació la veneración a Nuestra Señora de la Capilla, profundamente arraigada en el alma de la ciudad, que la reconoció como su especial Protectora. La fe del pueblo jiennense, consolidada en torno a este lugar sagrado, dio origen a una de las advocaciones marianas más entrañables y significativas de Andalucía, cuya devoción ha perdurado ininterrumpidamente hasta nuestros días.

La imagen de Nuestra Señora de la Capilla es una talla anónima de estilo gótico, realizada a comienzos del siglo XVI. Con una altura aproximada de tres palmos, representa a la Virgen María sosteniendo al Niño Jesús sobre su brazo izquierdo, formando ambos una única escultura tallada en madera. La imagen se encuentra actualmente en el camarín central de su capilla, vestida con ricos ornamentos litúrgicos. Probablemente formara parte en origen de algún retablo antiguo, siendo adaptada posteriormente para su culto externo y devocional.

La devoción del pueblo de Jaén hacia Nuestra Señora de la Capilla no ha dejado de crecer a lo largo de los siglos, consolidándose institucionalmente mediante gestos de profundo significado religioso y cívico. El 11 de junio de 1930, coincidiendo con el quinto centenario de su aparición, la sagrada imagen fue solemnemente coronada en la Basílica de San Ildefonso, en un acto de fe multitudinario que constituyó un hito en la historia espiritual de la ciudad. Esta coronación canónica, autorizada por la Santa Sede, fue vivida por los jiennenses como una confirmación del amor y la realeza espiritual de su Patrona. Posteriormente fue recoronada en 1956, pues las coronas originales fueron robadas durante la Guerra Civil.

Las actuales coronas de Nuestra Señora de la Capilla y del Niño fueron confeccionadas para sustituir a las originales, ya mencionadas. Estas nuevas preseas, de gran valor artístico y simbólico, tienen un peso total de siete kilogramos: tres kilos y medio de oro y el resto de plata finamente trabajada. En ellas se han grabado, con esmero y profundo significado, diversos escudos que resumen la historia y la devoción vinculada a esta sagrada imagen: el escudo de la ciudad de Jaén, el de la Cofradía de la Virgen de la Capilla, y los de tres obispos que marcaron momentos clave en el devenir de esta advocación mariana. Se trata de Gonzalo de Zúñiga, obispo en tiempos del Descendimiento, Manuel Basulto, prelado en la época de la Coronación de 1930, y Rafael García, obispo que presidió la recoronación de la imagen tras la contienda. Estas coronas no solo embellecen la imagen sagrada, sino que constituyen verdaderos símbolos de continuidad, memoria y fe para el pueblo jiennense.

Posteriormente, el 18 de junio de 1950, el Papa Pío XII, acogiendo las reiteradas peticiones del clero y del pueblo fiel, proclamó oficialmente a Nuestra Señora de la Capilla como Patrona principal de la ciudad de Jaén, junto a Santa Catalina de Alejandría, protectora histórica desde la Edad Media. Esta declaración pontificia supuso la culminación de siglos de fervor mariano y la consagración definitiva de la Virgen como Madre y Reina de los jiennenses.

Años más tarde, el 29 de septiembre de 1967, el Ayuntamiento de Jaén, en reconocimiento al papel espiritual y simbólico de la Virgen en la vida de la ciudad, le concedió los honores de Alcaldesa Mayor. En un emotivo acto, se le impusieron los atributos de autoridad civil: el bastón de mando del entonces alcalde, D. Ramón Calatayud Sierra, y el fajín como signo de su dignidad. Con estos gestos, las instituciones municipales unieron su voz al clamor popular, reconociendo a Nuestra Señora de la Capilla como guía y protectora tanto en lo espiritual como en la vida cotidiana de Jaén.

El templo en el que se venera a la Patrona de Jaén es la iglesia parroquial y basílica menor de San Ildefonso. Es el principal lugar vinculado históricamente a la aparición de la Virgen, pues en él terminó la procesión del descenso de 1430. Detrás del presbiterio, en un lateral, se encuentra la capilla que custodia la preciosa talla de la Virgen, enmarcada por un retablo barroco. En él destacan el camarín central donde se encuentra la talla de la Virgen y un altorrelieve que representa el descenso. En el lateral izquierdo de la capilla se encuentra una hornacina protegida por puertas de acero, que custodia un valioso documento: el acta notarial original que narra el milagroso Descenso de la Virgen a Jaén.

La Ilustre, Pontificia y Real Cofradía de Nuestra Señora de la Capilla, Patrona y Alcaldesa Mayor de la ciudad de Jaén, es la entidad encargada del culto a la Virgen. Aunque existen registros de una cofradía desde el siglo XVI, no es hasta 1926 cuando se funda la actual que recibiría el título de «Real» por concesión de S.M. don Alfonso XIII de España.

La fiesta en honor a Nuestra Señora de la Capilla es una celebración profundamente arraigada en la vida religiosa y cultural de Jaén, que se vive con especial intensidad desde el mes de mayo, mes dedicado a la Virgen María. Durante todo este mes, la ciudad entera se une en la tradicional ofrenda diaria de flores ante la Virgen.

Los días previos al 10 de junio se realizan los cultos preparatorios, destacando la novena en honor a la Virgen, que se celebra del 1 al 9 de junio.

El 10 de junio comienza con una solemne Eucaristía dedicada al alma de los cofrades difuntos, un momento de recogimiento y memoria para quienes han dedicado su vida al servicio de la Cofradía y la Virgen. Tras la misa, se celebra el popular y tradicional Rosario de San Bernabé, que recorre parte de la ciudad con gran participación y devoción.

El 11 de junio, por la mañana, se celebra la Solemne Fiesta Votiva organizada por los Cabildos Catedralicio y Municipal, presidida por el Señor Obispo de la diócesis. Tras la Eucaristía, la festividad alcanza uno de sus momentos más emotivos y coloridos, cuando los jiennenses, ataviados con los trajes tradicionales de chirris y pastiras, realizan la ofrenda floral a la Virgen. Esta ceremonia popular transforma la fachada del templo en un impresionante mosaico de flores en honor a su Madre celestial.

Ya por la tarde se celebra la solemne procesión de la imagen de la Virgen de la Capilla. Rememorando aquella histórica noche de 1430, la Virgen recorre nuevamente las calles de Jaén en una vibrante manifestación de fe y tradición, donde pasado y presente se entrelazan, renovando y fortaleciendo el lazo espiritual que une a la ciudad con la Santísima Virgen María, que tuvo a bien descender del cielo a la ciudad de Jaén.

Lejos de tratarse de una mera leyenda piadosa, el Descenso de Nuestra Señora de la Capilla a la ciudad de Jaén permanece, a través de los siglos, como signo palpable de la ternura y cercanía maternal de María en tiempos de angustia y necesidad. Su presencia no solo alentó a un pueblo atribulado, sino que quedó sellada en la memoria viva de la ciudad como testimonio de una intervención divina. Desde entonces, su figura se ha convertido en símbolo sagrado de la identidad espiritual de Jaén, que la venera con filial devoción como Patrona, Madre y celestial protectora.


El Himno a la Virgen de la Capilla, de Gregorio Arciniega Mendi, fue estrenado en 1930 con motivo de la coronación canónica de la patrona de la ciudad de Jaén.

 

INVITACIÓN

Jaén, Jaén: levanta tus pendones

por María, tu Reina Celestial;

sobre el pavés que esmaltan tus blasones

aclámala: "¡Real! ¡Real! ¡Real!"

¡Mira qué hermosa está! Fúlgida brilla

áurea corona en su sagrada sien.

Ante Ella dobla, humilde, tu rodilla

y cántale tu amor. ¡Canta, Jaén!

 

ESTROFA PRIMERA

Gloriosa Reina, dulce Patrona,

Madre amorosa de esta ciudad:

sobre tu frente, regia corona

proclama, augusta, tu majestad.

La hemos tejido con nuestros dones,

la hemos forjado con nuestro amor;

y no son gemas, son corazones

lo que a tus ojos le da valor.

 

CORO POPULAR

¡Eres la Reina! Por eso brilla

áurea corona sobre tu sien.

¡Viva la Reina!

¡Viva la Virgen de la Capilla!

¡Que reine siempre sobre Jaén!

 

ESTROFA SEGUNDA

A media noche, que hiciste día

con los fulgores de tu bondad,

dejaste el cielo, gloriosa y pía,

y visitaste nuestra ciudad.

Hoy que, gozosos, conmemoramos

los cinco siglos de aquel favor,

por nuestra Reina te coronamos

con la corona de nuestro amor.

 

CORO POPULAR

¡Eres la Reina! Por eso brilla

áurea corona sobre tu sien.

¡Viva la Reina!

¡Viva la Virgen de la Capilla!

¡Que reine siempre sobre Jaén!

 

ESTROFA TERCERA

A tu presencia, la hueste impía

del mahometano, vencida, huyó;

y en hambre, guerra, peste o sequía.

siempre tu amparo nos defendió.

¡Somos tu pueblo! Lo has conquistado

con las ternuras de tu piedad.

¡Somos tu pueblo! Lo ha proclamado,

al coronarte, nuestra ciudad.


 

sábado, 7 de junio de 2025

BENDITA LA REINA ... QUE TIENE POR TRONO LA CUNA DE ESPAÑA

Bendita la Reina de nuestra montaña,

que tiene por trono la cuna de España

y brilla en la altura más bella que el sol.

Es Madre y es Reina. Venid peregrinos,

que ante ella se aspiran amores divinos

y en ella está el alma del pueblo español.

El Himno a la Virgen de Covadonga, compuesto por el agustino Restituto del Valle Ruiz y estrenado en 1918 durante la coronación canónica de la Virgen, es una expresión profunda de fe y patriotismo.

El estribillo no solo es una expresión de devoción mariana, sino también un reflejo profundo de la historia y la identidad espiritual de España. Cada uno de sus versos entrelaza la fe con los acontecimientos que han marcado el devenir del país, especialmente en torno a la figura de la Virgen de Covadonga y su papel en la tradición cristiana.


"Bendita la Reina de nuestra montaña"

La palabra "bendita" es la utilizada por Santa Isabel en el saludo a la Virgen María, "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". Expresa una profunda alabanza y reconocimiento. Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama la singularidad de María, destacando su elección divina para ser la Madre del Mesías. Este reconocimiento subraya la gracia especial otorgada a María y su papel central en la historia de la salvación.

Esta primera palabra del verso del estribillo subraya aquellas que dijera Santa Isabel y exalta a la Virgen de Covadonga como la soberana espiritual de las montañas asturianas, específicamente de la Santa Cueva de Covadonga. La expresión "bendita" refleja la veneración y el amor del pueblo hacia la Virgen, considerada protectora, guía y REINA espiritual de la montaña en la que nació España.


"que tiene por trono la cuna de España"

Aquí se establece un vínculo entre la Virgen y los orígenes de la nación española. La "cuna de España" hace referencia a Covadonga, lugar donde, según la tradición, Don Pelayo lideró la primera victoria cristiana contra los musulmanes en la batalla de Covadonga en el siglo VIII, marcando el inicio de la Reconquista. Al decir que la Virgen tiene por trono este lugar, se le atribuye un papel central en la historia y la identidad de España.


"y brilla en la altura más bella que el sol."

Esta metáfora resalta la majestuosidad y la pureza de la Virgen, comparándola con el sol, símbolo de luz y vida. Al afirmar que brilla "más bella que el sol", se enfatiza su superioridad espiritual y su papel como guía luminosa para los fieles.


"Es Madre y es Reina. Venid peregrinos,"

La Virgen es reconocida tanto como Madre amorosa como Reina soberana. Esta dualidad refleja su cercanía y su autoridad espiritual. La invitación a los peregrinos a acercarse a ella subraya la importancia del santuario de Covadonga como lugar de encuentro y devoción.


"que ante ella se aspiran amores divinos"

Esta línea sugiere que en presencia de la Virgen, los fieles experimentan el amor divino y la gracia celestial. Es un lugar donde se renuevan la fe y la esperanza, y donde se siente la presencia de la Madre que nos lleva a Cristo, su Hijo.


"y en ella está el alma del pueblo español."

La Virgen de Covadonga es presentada como el alma de España, simbolizando la unidad, la fe y la identidad nacional. Su figura trasciende lo religioso para convertirse en un emblema cultural y espiritual del país.


En conjunto, el estribillo del himno a la Virgen de Covadonga es una síntesis poética de la devoción mariana y el sentimiento nacional, donde la figura de la Virgen se erige como símbolo de fe, historia y unidad para el pueblo español.


Estrofa I

Bendita la Reina de nuestra montaña,
que tiene por trono la cuna de España
y brilla en la altura más bella que el sol.
Es Madre y es Reina. Venid, peregrinos,
que ante ella se aspiran amores divinos
y en ella está el alma del pueblo español.

Estrofa II

Dios te salve, Reina y Madre
del pueblo que hoy te corona
en los cánticos que entona
te da el alma y el corazón
causa de nuestra alegría,
vida y esperanza nuestra,
bendice a la Patria y muestra
que sus hijos tuyos son.

Estrofa III

Como la estrella del alba
brilla anunciando la gloria
y es el pórtico la gruta
del templo de nuestra historia.
Ella es el cielo y la fe,
y besa el alma de España
quien llega a besar su pie.

Estrofa IV

Virgen de Covadonga, Virgen gloriosa
flor del cielo que aromas nuestra montaña
tu eres la más amante, la más hermosa,
Reina de los que triunfan, Reina de España.
Nuestros padres sus ojos a ti volvieron
y una patria en tus ojos adivinaron
con tu nombre en sus labios por ti lucharon
con tu amor en las almas por ti vencieron.