A lo largo de la historia de la cristiandad, las apariciones de la Virgen María han constituido un acontecimiento de profunda trascendencia espiritual y social. Estos prodigios, interpretados como muestras del amor materno de la Madre de Dios hacia sus hijos, han marcado la vida de pueblos y naciones, inspirando la fe, fomentando la conversión y consolidando identidades religiosas.
En el caso de la ciudad de Jaén, la devoción a Nuestra Señora de la Capilla se fundamenta en un acontecimiento que ha perdurado con fuerza a lo largo de los siglos y que no puede reducirse al terreno de la leyenda, pues se trata de una piadosa tradición firmemente sostenida por testimonios escritos, documentación histórica y relatos de testigos oculares.
“Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima descendió a la ciudad de Jaén para socorrer a nuestros mayores”. Así recuerda el pueblo fiel, aún en el día de hoy, aquel hecho portentoso del sagrado descenso de la Madre de Dios a la ciudad de Jaén.
La noche del 10 al 11 de junio del año 1430, según recogen fuentes fidedignas cuyos originales todavía se conservan, la Virgen María descendió del cielo acompañada de un cortejo de ángeles. Este cortejo celestial fue visto por numerosos vecinos de la ciudad que dieron fe de lo sucedido. La Virgen recorrió las calles desde la Santa Iglesia Catedral hasta la iglesia del arrabal de San Ildefonso, en una procesión sobrenatural que dejó profundamente conmovidos a cuantos la contemplaron. Aquella aparición fue interpretada por el pueblo como un signo de consuelo y protección en un tiempo de grandes sufrimientos, marcados por amenazas bélicas y calamidades.
En la muy famosa, muy noble, y muy leal Ciudad de Jaén, guarda y defendimiento de los Reynos de España. Sábado en la noche a diez días del mes de junio de 1430 años, siendo Obispo de esta Ciudad y Capitán de Este Reino Don Gonzalo de Astuñiga (que hoy decimos Zúñiga) ante su provisor y vicario general Juan Rodríguez, Bachiller en derechos, se probó haber pasado, real y verdaderamente lo que se refería: Que a la hora de medianoche el sábado dicho iba una gran procesión de gente muy lucida y con muchas luces, y en ella siete personas que parecían hombres, que llevaban siete cruces; iban uno detrás de otro, y que las cruces parecían a las de las parroquias de ésta Ciudad, y los hombres que las llevaban iban vestidos de blanco o con albas largas hasta los pies. Iban más otras treinta personas también con vestidos Blancos, en dos hilos, acompañando las Cruces. En lo último desta procesión iba una Señora más alta que las otras personas, vestida de ropas blancas con una falda de más de dos varas y media; y iba distinta de los demás la última, y no iba cerca della otra persona, de cuyo rostro salía gran resplandor, que alumbraba más que el Sol, porque con él se veían todas las cosas alrededor, y contorno, y las tejas de los tejados como si fuera amedio día el Sol muy claro, y era tanto lo que resplandecía, que le quitaba la vista de los ojos, como el sol cuando le miran en hito. Esta Señora llevaba en sus brazos un niño pequeño también vestido de blanco, y el niño iba sobre el brazo derecho. Detrás desta Señora venían hasta trescientas personas, hombres y mujeres, éstas cerca de la falda de la Señora, y ellos algo mas atrás. Estos hombres y mujeres no hacían procesión sino de montón; iban las mujeres delante y los hombres atrás, y todos vestidos de blanco, y sonaban como que iban armados. La cual procesión iba hacia la capilla de San Ildefonso, y habían salido de la Santa Iglesia mayor. Esto afirmaron con juramento Pedro, hijo de Juan Sánchez; Juan, hijo de Vzenda Gómez; Juana Hernández, mujer de Aparicio Martínez; y otros testigos, cuyos dichos y deposiciones están en el archivo desta Iglesia, y capilla.
Bartolomé Ximenez Patón, Secretario del Santo Oficio,
en el capitulo decimotercero de su obra «Historia de la Antigua y Continuada Nobleza de la Ciudad de Jaén», publicada en 1628.
Esta aparición, envuelta en misterio y recogida con fervor por el pueblo jiennense, no solo consolidó la devoción mariana en la ciudad, sino que dio origen a una tradición que, casi seis siglos después, sigue viva con inusitado arraigo.
La importancia de este suceso trasciende el ámbito de la religiosidad popular para convertirse en símbolo de protección y guía espiritual. En un contexto histórico marcado por la inestabilidad y el temor —en particular por el acoso de las tropas musulmanas y las pestes que asolaban la región—, la irrupción milagrosa de la Virgen María fue entendida como una respuesta divina a las súplicas del pueblo.
Desde aquel momento extraordinario, el lugar donde concluyó la procesión celestial —junto a la iglesia del arrabal de San Ildefonso— fue considerado sagrado por el pueblo. Allí se erigió una capilla anexa al templo, en memoria del punto final de aquel cortejo milagroso que, según los testigos, había recorrido las calles de Jaén con majestuosa solemnidad. Esta capilla se convirtió muy pronto en centro de peregrinación y oración, y fue el germen de una devoción creciente y fervorosa. Así nació la veneración a Nuestra Señora de la Capilla, profundamente arraigada en el alma de la ciudad, que la reconoció como su especial Protectora. La fe del pueblo jiennense, consolidada en torno a este lugar sagrado, dio origen a una de las advocaciones marianas más entrañables y significativas de Andalucía, cuya devoción ha perdurado ininterrumpidamente hasta nuestros días.
La imagen de Nuestra Señora de la Capilla es una talla anónima de estilo gótico, realizada a comienzos del siglo XVI. Con una altura aproximada de tres palmos, representa a la Virgen María sosteniendo al Niño Jesús sobre su brazo izquierdo, formando ambos una única escultura tallada en madera. La imagen se encuentra actualmente en el camarín central de su capilla, vestida con ricos ornamentos litúrgicos. Probablemente formara parte en origen de algún retablo antiguo, siendo adaptada posteriormente para su culto externo y devocional.
La devoción del pueblo de Jaén hacia Nuestra Señora de la Capilla no ha dejado de crecer a lo largo de los siglos, consolidándose institucionalmente mediante gestos de profundo significado religioso y cívico. El 11 de junio de 1930, coincidiendo con el quinto centenario de su aparición, la sagrada imagen fue solemnemente coronada en la Basílica de San Ildefonso, en un acto de fe multitudinario que constituyó un hito en la historia espiritual de la ciudad. Esta coronación canónica, autorizada por la Santa Sede, fue vivida por los jiennenses como una confirmación del amor y la realeza espiritual de su Patrona. Posteriormente fue recoronada en 1956, pues las coronas originales fueron robadas durante la Guerra Civil.
Las actuales coronas de Nuestra Señora de la Capilla y del Niño fueron confeccionadas para sustituir a las originales, ya mencionadas. Estas nuevas preseas, de gran valor artístico y simbólico, tienen un peso total de siete kilogramos: tres kilos y medio de oro y el resto de plata finamente trabajada. En ellas se han grabado, con esmero y profundo significado, diversos escudos que resumen la historia y la devoción vinculada a esta sagrada imagen: el escudo de la ciudad de Jaén, el de la Cofradía de la Virgen de la Capilla, y los de tres obispos que marcaron momentos clave en el devenir de esta advocación mariana. Se trata de Gonzalo de Zúñiga, obispo en tiempos del Descendimiento, Manuel Basulto, prelado en la época de la Coronación de 1930, y Rafael García, obispo que presidió la recoronación de la imagen tras la contienda. Estas coronas no solo embellecen la imagen sagrada, sino que constituyen verdaderos símbolos de continuidad, memoria y fe para el pueblo jiennense.
Posteriormente, el 18 de junio de 1950, el Papa Pío XII, acogiendo las reiteradas peticiones del clero y del pueblo fiel, proclamó oficialmente a Nuestra Señora de la Capilla como Patrona principal de la ciudad de Jaén, junto a Santa Catalina de Alejandría, protectora histórica desde la Edad Media. Esta declaración pontificia supuso la culminación de siglos de fervor mariano y la consagración definitiva de la Virgen como Madre y Reina de los jiennenses.
Años más tarde, el 29 de septiembre de 1967, el Ayuntamiento de Jaén, en reconocimiento al papel espiritual y simbólico de la Virgen en la vida de la ciudad, le concedió los honores de Alcaldesa Mayor. En un emotivo acto, se le impusieron los atributos de autoridad civil: el bastón de mando del entonces alcalde, D. Ramón Calatayud Sierra, y el fajín como signo de su dignidad. Con estos gestos, las instituciones municipales unieron su voz al clamor popular, reconociendo a Nuestra Señora de la Capilla como guía y protectora tanto en lo espiritual como en la vida cotidiana de Jaén.
El templo en el que se venera a la Patrona de Jaén es la iglesia parroquial y basílica menor de San Ildefonso. Es el principal lugar vinculado históricamente a la aparición de la Virgen, pues en él terminó la procesión del descenso de 1430. Detrás del presbiterio, en un lateral, se encuentra la capilla que custodia la preciosa talla de la Virgen, enmarcada por un retablo barroco. En él destacan el camarín central donde se encuentra la talla de la Virgen y un altorrelieve que representa el descenso. En el lateral izquierdo de la capilla se encuentra una hornacina protegida por puertas de acero, que custodia un valioso documento: el acta notarial original que narra el milagroso Descenso de la Virgen a Jaén.
La Ilustre, Pontificia y Real Cofradía de Nuestra Señora de la Capilla, Patrona y Alcaldesa Mayor de la ciudad de Jaén, es la entidad encargada del culto a la Virgen. Aunque existen registros de una cofradía desde el siglo XVI, no es hasta 1926 cuando se funda la actual que recibiría el título de «Real» por concesión de S.M. don Alfonso XIII de España.
La fiesta en honor a Nuestra Señora de la Capilla es una celebración profundamente arraigada en la vida religiosa y cultural de Jaén, que se vive con especial intensidad desde el mes de mayo, mes dedicado a la Virgen María. Durante todo este mes, la ciudad entera se une en la tradicional ofrenda diaria de flores ante la Virgen.
Los días previos al 10 de junio se realizan los cultos preparatorios, destacando la novena en honor a la Virgen, que se celebra del 1 al 9 de junio.
El 10 de junio comienza con una solemne Eucaristía dedicada al alma de los cofrades difuntos, un momento de recogimiento y memoria para quienes han dedicado su vida al servicio de la Cofradía y la Virgen. Tras la misa, se celebra el popular y tradicional Rosario de San Bernabé, que recorre parte de la ciudad con gran participación y devoción.
El 11 de junio, por la mañana, se celebra la Solemne Fiesta Votiva organizada por los Cabildos Catedralicio y Municipal, presidida por el Señor Obispo de la diócesis. Tras la Eucaristía, la festividad alcanza uno de sus momentos más emotivos y coloridos, cuando los jiennenses, ataviados con los trajes tradicionales de chirris y pastiras, realizan la ofrenda floral a la Virgen. Esta ceremonia popular transforma la fachada del templo en un impresionante mosaico de flores en honor a su Madre celestial.
Ya por la tarde se celebra la solemne procesión de la imagen de la Virgen de la Capilla. Rememorando aquella histórica noche de 1430, la Virgen recorre nuevamente las calles de Jaén en una vibrante manifestación de fe y tradición, donde pasado y presente se entrelazan, renovando y fortaleciendo el lazo espiritual que une a la ciudad con la Santísima Virgen María, que tuvo a bien descender del cielo a la ciudad de Jaén.
Lejos de tratarse de una mera leyenda piadosa, el Descenso de Nuestra Señora de la Capilla a la ciudad de Jaén permanece, a través de los siglos, como signo palpable de la ternura y cercanía maternal de María en tiempos de angustia y necesidad. Su presencia no solo alentó a un pueblo atribulado, sino que quedó sellada en la memoria viva de la ciudad como testimonio de una intervención divina. Desde entonces, su figura se ha convertido en símbolo sagrado de la identidad espiritual de Jaén, que la venera con filial devoción como Patrona, Madre y celestial protectora.
El Himno a la Virgen de la Capilla, de Gregorio Arciniega Mendi, fue estrenado en 1930 con motivo de la coronación canónica de la patrona de la ciudad de Jaén.
INVITACIÓN
Jaén, Jaén: levanta tus pendones
por María, tu Reina Celestial;
sobre el pavés que esmaltan tus blasones
aclámala: "¡Real! ¡Real! ¡Real!"
¡Mira qué hermosa está! Fúlgida brilla
áurea corona en su sagrada sien.
Ante Ella dobla, humilde, tu rodilla
y cántale tu amor. ¡Canta, Jaén!
ESTROFA PRIMERA
Gloriosa Reina, dulce Patrona,
Madre amorosa de esta ciudad:
sobre tu frente, regia corona
proclama, augusta, tu majestad.
La hemos tejido con nuestros dones,
la hemos forjado con nuestro amor;
y no son gemas, son corazones
lo que a tus ojos le da valor.
CORO POPULAR
¡Eres la Reina! Por eso brilla
áurea corona sobre tu sien.
¡Viva la Reina!
¡Viva la Virgen de la Capilla!
¡Que reine siempre sobre Jaén!
ESTROFA SEGUNDA
A media noche, que hiciste día
con los fulgores de tu bondad,
dejaste el cielo, gloriosa y pía,
y visitaste nuestra ciudad.
Hoy que, gozosos, conmemoramos
los cinco siglos de aquel favor,
por nuestra Reina te coronamos
con la corona de nuestro amor.
CORO POPULAR
¡Eres la Reina! Por eso brilla
áurea corona sobre tu sien.
¡Viva la Reina!
¡Viva la Virgen de la Capilla!
¡Que reine siempre sobre Jaén!
ESTROFA TERCERA
A tu presencia, la hueste impía
del mahometano, vencida, huyó;
y en hambre, guerra, peste o sequía.
siempre tu amparo nos defendió.
¡Somos tu pueblo! Lo has conquistado
con las ternuras de tu piedad.
¡Somos tu pueblo! Lo ha proclamado,
al coronarte, nuestra ciudad.



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